Villette

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Aquella visión del asunto parecía incapaz de atraer su atención: encendió su cigarro y, mientras lo fumaba, apoyado en un árbol y mirándome con la expresión serena y divertida que solía adoptar cuando estaba de un humor apacible, pensé que debía continuar mi reprimenda: él a menudo me sermoneaba durante una hora; así que ¿por qué no iba a decirle lo que pensaba? De modo que le di mi opinión sobre sus métodos jesuíticos.

—El precio que paga por sus descubrimientos es demasiado elevado, monsieur; el ir y venir con tanto sigilo empaña su dignidad.

—¿Mi dignidad? —exclamó, riendo—. Y ¿cuándo ha visto que mi dignidad me preocupara? Es usted, señorita Lucy, la que es digne. Con cuánta frecuencia, en su ilustre presencia isleña, he disfrutado pisoteando lo que usted llama mi dignidad; destrozándola, dejando que el viento esparciera sus restos, en esos ataques de locura que usted contempla con altivez, y que sé que considera muy semejantes a los desvaríos de un actor londinense de tercera fila.

—Monsieur, sólo le digo que cada mirada que lanza desde esa ventana es un insulto a lo mejor de su naturaleza. Estudiar de ese modo el corazón humano es celebrar un banquete, secreto y sacrílego, con las manzanas de Eva. ¡Ojalá fuera usted protestante!


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