Villette
Villette —Me gustó que las cogiera en seguida, apaciblemente, sin mojigaterÃa: ese sentimiento que siempre temo suscitar y que, cuando aparece en los ojos o en los gestos, aborrezco. Pero no cambiemos de tema. Yo no era el único que la observaba; a menudo, especialmente cuando caÃa el manto de la oscuridad, otro ángel guardián la rondaba con mucho sigilo: noche tras noche, mi prima Beck seguÃa sus pasos y sus movimientos sin que usted se percatara.
—Pero, monsieur, ¿cómo podÃa ver desde esa ventana lo que ocurrÃa por la noche en el jardÃn?
—A la luz de la luna. Quizá me habrÃan bastado unos anteojos —de hecho, tengo unos—, pero el jardÃn está abierto para mÃ. En el cobertizo del fondo hay un portillo que da al colegio vecino; tengo una llave de él, de modo que puedo entrar y salir siempre que lo deseo. Esta tarde, al venir, la encontré dormida en la clase; ahora he vuelto a utilizar la misma entrada.
No pude evitar decir:
—Si usted fuera un hombre malvado e intrigante, ¡todo eso serÃa terrible!