Villette
Villette —Papá parece haber pensado lo mismo. No pude evitar sonreÃr. Ya sabe que no es especialmente observador, pues suele estar pensando en cosas muy diferentes de las que ocurren delante de sus ojos; pero, cuando el doctor Bretton se alejó cabalgando, le oà decir: «Da gusto ver el ánimo y la energÃa de ese muchacho». Llamó muchacho al doctor John; creo que es asà como le considera, de igual modo que piensa que yo soy una niña. Y no es que el comentario estuviera dirigido a mÃ, se limitó a pensar en voz alta. Lucy…
Su tono volvió a ser suplicante y, al tiempo que hablaba, dejó la silla y vino a sentarse en un escabel a mis pies.
Me gustaba Paulina. No es algo que haya dicho con frecuencia a lo largo de este libro al referirme a mis conocidos; el lector tendrá que soportarlo por una vez. El trato Ãntimo, el examen minucioso, sólo revelaban en Paulina delicadeza, inteligencia y sinceridad; por ese motivo la estimaba tanto. Una admiración más superficial habrÃa podido ser más efusiva; la mÃa, sin embargo, era silenciosa.
—¿Qué quiere preguntarle a Lucy? —dije—. Sea valiente y hable con franqueza.