Villette

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—Oí decir lo mismo a unos caballeros, amigos de papá, que hablaban de él. Aseguraban que muchos pacientes pobres de los hospitales, que tiemblan ante algunos médicos despiadados y egoístas, lo reciben con alegría.

—Tienen razón; lo he visto con mis propios ojos. Una vez me llevó a un hospital, y descubrí cuánto le querían: los amigos de su padre tienen razón.

La más dulce gratitud iluminaba sus ojos cuando levantó unos instantes la mirada. Aún tenía cosas que decir, pero parecía dudar si aquél era el mejor momento y el mejor lugar. Empezaba a reinar la oscuridad; el fuego de su salita brillaba con un resplandor rojizo; pero supuse que deseaba una mayor penumbra, una hora más tardía.

—¡Qué tranquilas y solitarias estamos aquí! —comenté para animarla.

—¿De veras? Sí; es una tarde muy apacible, y no tendré que bajar a tomar el té; papá cena fuera.

Sin soltarme la mano, jugó distraídamente con mis dedos, colocándoles sus anillos y enroscando sus hermosos rizos alrededor de ellos; luego dio unos golpecitos con mi palma en su ardiente mejilla, y, finalmente, después de aclarar la voz —tan transparente como la de una alondra—, dijo:


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