Villette
Villette No nos guiaba ni nos seguía, sino que caminaba de un lado a otro de la fila, hablando con todas, conversando largo y tendido con sus favoritas, sin desentenderse siquiera de las que no le gustaban. Yo tenía mis razones para no querer llamar la atención, y, al estar emparejada con Ginevra Fanshawe y verme obligada a soportar la encantadora presión del brazo nada liviano de aquel ángel (su salud seguía siendo excelente, y puedo asegurar al lector que no era ninguna tontería sostener el peso de su belleza; varias veces, en el curso de aquella calurosa jornada, deseé con toda el alma poseer un poco menos de aquella adorable mercancía), al tenerla a mi lado, como iba diciendo, intenté que me resultara útil colocándola siempre entre monsieur Paul y yo, cambiándome de lado según le oyera acercarse por la izquierda o por la derecha. El motivo secreto de esa maniobra podía deberse a la circunstancia de que mi traje estampado era nuevo y de color rosa: un hecho que, llevando aquella escolta, me hacía sentir como si, vestida de rojo, necesitara cruzar un prado donde estuviera pastando un toro.