Villette

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Durante un rato, el sistema de cambiar de sitio, unido a ciertas modificaciones en la colocación de una bufanda de seda negra, respondió a mis propósitos; pero monsieur Paul no tardó en descubrir que, llegara por donde llegara, la señorita Fanshawe seguía estando a su lado. Las relaciones entre Ginevra y él nunca habían sido lo bastante armoniosas para que sus nervios no se crisparan al oír el acento inglés de la joven: no podían ser más opuestos; se exasperaban mutuamente; él la consideraba vacía y afectada; ella lo juzgaba grosero, entrometido, repelente.

Finalmente, después de cambiarse unas seis veces de sitio, obteniendo siempre el mismo resultado adverso, adelantó la cabeza, clavó sus ojos en mí y preguntó con impaciencia:

—Qu’est ce que c’est? Vous me jouez des tours[321]?

Apenas habían salido estas palabras de sus labios, sin embargo, cuando, con su habitual perspicacia, comprendió el porqué de mi proceder: fue inútil que sacudiera los largos flecos y extendiera el ancho borde de mi bufanda.

—Ah! C’est la robe rose[322]! —exclamó, causando la misma impresión en mí que el repentino y furioso mugido de algún señor de las praderas.


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