Villette
Villette Amaneció una mañana tan apacible como el verano; los pájaros cantaban en el jardín, y una ligera neblina de rocío prometía una jornada calurosa. Todas comentamos que haría buen tiempo, y disfrutamos doblando y guardando las prendas de abrigo, y poniéndonos una ropa más veraniega. Un vestido estampado y un ligero sombrero de paja, confeccionados y adornados como sólo saben hacerlo las modistas francesas, aunando lo más sencillo con lo más favorecedor, constituía nuestro uniforme. Nadie lucía sedas ajadas; nadie llevaba una prenda elegante deteriorada.
A las seis sonó animadamente la campanilla, y corrimos en tropel escaleras abajo, a través del carré, a lo largo del pasillo, hasta llegar al vestíbulo. Allí nos esperaba nuestro profesor, que no iba ataviado con su feroz paletôt y su severo bonnet-grec, sino con una camisa de aspecto juvenil, un cinturón y un alegre sombrero de paja. Nos dio a todas el más amable de los buenos días, y la mayoría se lo agradecimos con una sonrisa. Después de colocarnos en fila, iniciamos la marcha.
Las calles estaban aún desiertas, y el aire de los bulevares era tan fresco y apacible como en el campo. Supongo que nos sentíamos muy dichosas mientras los recorríamos. Cuando quería, nuestro jefe poseía el secreto de dar cierto impulso a la felicidad; de igual modo que, cuando estaba de pésimo humor, hacía que nos estremeciéramos de miedo.