Villette
Villette El profesor empezó a contarnos una historia. Era un gran narrador: empleaba el lenguaje que los niños aman y los sabios emulan; una dicción simple en su fuerza y fuerte en su simplicidad. Aquel pequeño relato estaba lleno de hermosas pinceladas; dulces destellos de sentimiento y matices descriptivos que, mientras los escuchaba, se introdujeron en mi alma para no abandonarla nunca. Describió un crepúsculo —aún pervive en mi memoria—: Jamás ha salido una escena semejante del lápiz de un artista.
Ya he dicho que yo no tenÃa la facultad de improvisar; quizá por eso me maravillaba quien la poseÃa en grado sumo. Monsieur Emanuel no era un hombre destinado a escribir libros; pero le he oÃdo prodigar, con despreocupada e inconsciente generosidad, riquezas mentales de las que casi nunca se vanaglorian los libros; su inteligencia era mi biblioteca y, siempre que se abrÃa para mÃ, me sentÃa dichosa. Intelectualmente imperfecta, no podÃa leer mucho; habÃa muy pocos volúmenes impresos y encuadernados que no me cansasen, cuya lectura no me fatigara y cegara, pero sus gruesos tomos de pensamiento eran colirio para los ojos del espÃritu; al leer su contenido, la visión interior se aclaraba y fortalecÃa. SolÃa pensar cuán placentero serÃa para alguien que le amara más de lo que él se amaba, reunir y guardar todos esos puñados de oro molido, tan despreocupadamente arrojados a los impetuosos vientos del cielo.