Villette
Villette Cuando terminó su relato, se acercó al pequeño montÃculo donde estábamos Ginevra y yo, algo apartadas del resto del grupo. Con su forma habitual de pedir la opinión (no tenÃa la cautela de esperar a que se la dieran voluntariamente), preguntó:
—¿Le ha interesado?
Siguiendo mi costumbre de no ser demasiado efusiva, me limité a contestar:
—SÃ.
—¿Era una buena historia?
—Muy buena.
—Sin embargo, serÃa incapaz de escribirla —dijo.
—¿Por qué, monsieur?
—Odio los trabajos mecánicos; odio estar sentado sin moverme. Pero se lo dictarÃa con mucho gusto a un amanuense de mi agrado. ¿Lo escribirÃa mademoiselle Lucy para mà si se lo pidiera?
—Monsieur irÃa demasiado rápido; me meterÃa prisa, y se enfadarÃa cuando mi pluma no siguiera el ritmo de sus labios.
—Lo probaremos un dÃa; veremos el monstruo en que me convierto bajo esas circunstancias. Pero ahora no es momento de dictados; pretendo que me ayude de otro modo. ¿Ve aquella granja?
—¿Rodeada de árboles? SÃ.