Villette
Villette ¡Con qué expresión tan agradable nos miraba desde el fuego de la cocina! Era un hombre que disfrutaba viendo felices a los demás; le gustaba tener a su alrededor movimiento, animación, abundancia y dicha. Le preguntamos dónde querÃa sentarse. Nos dijo que sabÃamos muy bien que él era nuestro esclavo y nosotras sus tiranas, y que no se atrevÃa a elegir una silla sin nuestro permiso; asà que colocamos la butaca del granjero en la cabecera de la larga mesa, y le obligamos a ocuparla.
Cómo no Ãbamos a quererle, a pesar de sus pasiones y huracanes, cuando a veces podÃa ser tan dócil y benévolo como ahora. En realidad, en el peor de los casos, lo único irritable eran sus nervios; su temperamento no era radicalmente malo. Si se le tranquilizaba, comprendÃa y consolaba, era manso como un cordero; no harÃa daño a una mosca. Sólo con los muy necios, perversos o intolerantes se volvÃa un poco peligroso.
Sin olvidar jamás su religión, pidió a la más pequeña del grupo que rezara una breve oración antes de empezar el desayuno, santiguándose tan devotamente como una mujer. Era la primera vez que le veÃa rezar, o hacer ese gesto piadoso; lo hizo con tanta sencillez, con una fe tan infantil, que no pude sino sonreÃr, complacida, al observarlo; sus ojos se cruzaron con mi sonrisa; se limitó a tenderme su amable mano, diciendo: