Villette

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Cuando llegó el ardiente mediodía —pues el tiempo, tal como esperábamos, resultó tan radiante como en junio—, nuestro pastor recogió las ovejas de los pastizales y procedió a conducirnos lentamente de vuelta al hogar. Pero teníamos que andar una milla, pues la granja donde habíamos desayunado se encontraba a esa distancia de Villette; las niñas, especialmente, estaban agotadas de tanto jugar; los ánimos de la mayoría decayeron ante la perspectiva de aquella caminata al mediodía por unas chaussées[334] pedregosas, cegadoras y polvorientas. Aquella situación se había previsto y solucionado. Nada más cruzar los lindes de la granja encontramos dos espaciosos vehículos que venían a buscarnos: la clase de transporte que se alquila para llevar grupos escolares; dirigidas por una mano experta, todas nos acomodamos, y una hora después monsieur Paul entregaba, en perfecto estado, su cargamento en la rue Fossette. Había sido un día muy agradable: sin el halo de melancolía que había nublado el sol unos instantes, habría sido perfecto.

Y esa sombra volvió a aparecer aquella misma tarde.

Al caer el día, vi cómo monsieur Emanuel salía al jardín en compañía de madame Beck. Pasearon casi una hora por el sendero central, hablando seriamente: él, con aspecto grave pero inquieto; ella, con aire sorprendido, crítico, disuasorio.


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