Villette
Villette Cuando mi señora murió, me encontré de nuevo sola y tuve que buscar otra colocación. En aquella época debía de tener los nervios un poco —sólo un poco— alterados. Reconozco que no tenía buen aspecto; por el contrario, estaba muy delgada, ojerosa y demacrada, como quien pasa las noches en vela, se ha visto obligado a trabajar en exceso, o está endeudado y sin empleo. No tenía deudas, sin embargo; ni tampoco estaba en la miseria, pues, aunque la señorita Marchmont no había tenido tiempo de legarme nada (como había dicho antes de morir que era su intención), después del funeral, su primo segundo y heredero me pagó escrupulosamente mi salario. Era un hombre con pinta de avaricioso, con nariz alargada y frente estrecha, que, según oí decir mucho después, acabó siendo realmente avaro: todo un contraste con su generosa pariente, y una mancha en su recuerdo, todavía venerado hoy por pobres y necesitados. Así, pues, con quince libras en el bolsillo y, aunque agotada, con buena salud y parecido ánimo, lo cierto es que, en comparación con otras personas, mi situación podía considerarse envidiable. Sin embargo, no dejaba de ser al mismo tiempo embarazosa, como comprendí con toda crudeza cierto día, una semana antes de tener que abandonar aquella casa sin haber encontrado un lugar donde alojarme.
