Villette
Villette El héroe de la historia era un antiguo discípulo suyo, al que ahora llamaba su benefactor, y que, al parecer, había amado a aquella pálida Marie Justine, una rica heredera, en una época en que sus perspectivas en la vida justificaban que aspirara a su mano. El padre de su discípulo, antaño un floreciente banquero, se había arruinado y murió dejando sólo deudas y miseria; y entonces prohibieron al joven que pensara en Marie. Especialmente madame Walravens, aquella vieja bruja con aire de grand-dame que yo acababa de conocer, se opuso al enlace con toda la violencia de un carácter que la deformidad volvía en ocasiones demoníaco. La dulce Marie no tenía ni malicia para mentir, ni fuerza para seguir incondicionalmente a su amado; dejó a su primer pretendiente, pero, negándose a aceptar a un segundo con el bolsillo más lleno, se retiró a un convento, donde murió en su noviciado.
Una prolongada angustia, al parecer, tomo posesión del fiel corazón que la adoraba, y la veracidad de aquel amor y de aquella pena se demostró de un modo que incluso me conmovió al escucharlo.