Villette
Villette Lo había visto celoso, suspicaz; había percibido en él cierta ternura, cierta vacilación… una dulzura que llegaba como una bocanada de aire cálido, y una compasión que pasaba como el rocío de la mañana, y que secaba el ardor de su irritabilidad: eso era cuanto sabía. Y ellos, père Silas y Modeste Marie Beck (tenía la convicción de que los dos se habían puesto de acuerdo), abrieron el sagrario del corazón de monsieur Paul, y me mostraron un gran amor, hijo de la juventud de su naturaleza meridional, nacido tan profundo y tan perfecto que se había reído de la propia Muerte, despreciando su mezquino expolio de la materia, aferrándose al espíritu inmortal y velando una tumba durante veinte años, victorioso y leal.
Y no lo había hecho por simple capricho: no era una mera concesión a los sentimientos; había demostrado su fidelidad consagrando sus mejores energías a un generoso propósito, y lo había atestiguado con inmensos sacrificios personales: por los seres que ella amó en el pasado, había dejado a un lado la venganza y aceptado una cruz.
En cuanto a Justine Marie, tenía la sensación de conocerla tan bien como si la hubiera visto. Sabía que era suficientemente buena; había jóvenes como ella en el colegio de madame Beck: flemáticas, pálidas, poco despiertas, apáticas, pero de buen corazón, indiferentes al mal, insípidas para el bien.