Villette
Villette Si llevaba alas de ángel, yo sabía qué fantasía de poeta se las había proporcionado. Si su frente resplandecía con el reflejo de una aureola, yo sabía en el fuego de qué iris había nacido ese círculo de llamas sagradas.
¿Debía, entonces, tener miedo a Justine Marie? ¿Acaso el retrato de una pálida monja difunta podía levantar una barrera eterna? ¿Y qué pasaba con las obras de caridad que absorbían los bienes terrenos de monsieur Paul? ¿Y qué pasaba con su corazón, consagrado a la virginidad?
Madame Beck, père Silas, no deberían ustedes haberme sugerido esas preguntas. Eran a un tiempo el enigma más profundo, el obstáculo más firme y el estímulo más poderoso que jamás había experimentado. Durante siete días y siete noches me dormí, soñé y me desperté con ellas. En todo el mundo no había respuesta, si exceptuamos allí donde un hombrecillo moreno vivía, se sentaba, paseaba e impartía lecciones, tocado con el bonnet-grec de un bandido y envuelto en un triste paletôt, lleno de tinta y bastante polvoriento.