Villette
Villette Después de mi visita a la rue des Mages, ardÃa en deseos de ver al profesor. TenÃa la sensación de que, sabiendo lo que ahora sabÃa, leerÃa en su rostro una página más lúcida, más interesante que nunca; anhelaba descubrir en ella la impronta de su primitiva devoción, las huellas del espÃritu mitad caballeresco mitad santo que el relato del sacerdote le habÃa atribuido. Se habÃa convertido en mi héroe cristiano, y como tal querÃa verlo.
No tardé en gozar de una oportunidad: mis nuevas impresiones se pusieron a prueba al dÃa siguiente. SÃ: el destino me concedió un encuentro con mi «héroe cristiano», un encuentro no demasiado heroico, ni sentimental, ni bÃblico, pero, a su manera, bastante animado.
Hacia las tres de la tarde, la paz de la clase del primer curso —instaurada sin esfuerzo, al parecer, por la serena autoridad de madame Beck, que, in propria persona, estaba impartiendo una de sus metódicas y provechosas lecciones—, esa paz, como iba diciendo, sufrió una brusca sacudida por la entrada impetuosa de un paletôt.