Villette
Villette ¿Qué ocurría? Mi dibujo, mis lápices, mi querida copia, recogidos con violencia, desaparecieron de mi vista; yo misma me sentí zarandeada y arrancada de mi silla, al igual que una nuez moscada marchita y solitaria es extraída de una caja de especias por un cocinero exaltado. Aquella silla y mi pupitre, levantados por el enloquecido paletôt, cada uno debajo de una manga, de pronto estuvieron lejos; en un instante, yo misma seguí a los muebles; dos minutos después, estaban en el centro de la grande salle —la enorme sala contigua, que sólo empleábamos normalmente para clases de baile y canto coral—, colocados con un ímpetu que parecía desvanecer toda esperanza de que me permitieran algún día moverme de allí.
Cuando logré recuperarme parcialmente del susto, me encontré ante dos hombres —supongo que debería decir caballeros—, uno moreno, el otro rubio; uno con aire estirado, medio marcial, con galones en el surtout[352]; y el otro compartiendo, por su atuendo y sus modales, el aspecto descuidado de artistas y estudiantes: los dos lucían en todo su esplendor mostachos, patillas y moscas. Monsieur Emanuel estaba un poco apartado de ellos; su semblante y sus ojos reflejaban una intensa cólera; extendió la mano con su gesto de tribuno.