Villette

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Pero yo sufría, sufría cruelmente; veía el desánimo reflejado en la frente de monsieur Paul, y leía en sus ojos un apasionado aunque triste reproche. No quería creer en mi falta total de ingenio; pensaba que yo podía ser muy vivaz si quería.

Finalmente, para aliviarle a él, a los profesores y a mí misma, balbucí:

—Caballeros, será mejor que me dejen marchar; no sacarán nada bueno de mí; como dicen ustedes, soy idiota.

Ojalá hubiera podido hablar con calma y dignidad, o mi sentido común hubiera bastado para contener mi lengua; pero esa lengua desleal tartamudeó, titubeó. Al observar cómo los jueces lanzaban a monsieur Emanuel una mirada penetrante de triunfo, y oír el temblor incontenible de mi propia voz, prorrumpí en un llanto ahogado. Mi emoción era mucho más de ira que de dolor; si hubiera sido un hombre, y además fuerte, habría desafiado a aquella pareja allí mismo. Pero era emoción, y habría preferido que me azotaran antes que traicionarla.




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