Villette
Villette Empezaron con los clásicos. Me quedé en blanco. Continuaron con la historia de Francia. Apenas distinguÃa a Meroveo de Faramundo[355]. Me preguntaron sobre distintas materias, y yo sólo movÃa la cabeza y repetÃa:
—Je n’en sais rien[356].
Después de un silencio muy expresivo, prosiguieron con temas de cultura general, sacando uno o dos asuntos que yo conocÃa muy bien, y sobre los que habÃa reflexionado con frecuencia. Monsieur Emanuel, hasta entonces sombrÃo como el solsticio de invierno, pareció iluminarse; pensó que al menos podrÃa demostrar que no era idiota.
Comprendió su error. Aunque no tardaba en responder, pues mis pensamientos manaban como una fuente, las ideas estaban allÃ, pero no las palabras. Yo no podÃa o no querÃa hablar, no sé cuál de las dos cosas: en parte porque tenÃa los nervios crispados, en parte porque estaba enfadada.
Oà cómo uno de los examinadores —el de los galones— le decÃa en voz baja a su colega:
—Est-elle donc idiote[357]?
«Sà —pensé yo—, claro que es idiota, y siempre lo será, con hombres como ustedes».