Villette
Villette Pero no me dejaron marchar: tuve que sentarme y escribir delante de ellos. Cuando mojé mi pluma en el tintero con mano temblorosa, y contemplé una hoja en blanco con los ojos, medio ciegos, anegados en llanto, uno de mis jueces, con actitud afectada, empezó a disculparse por el dolor que me causaba.
—Nous agissons dans l’intérêt de la vérité. Nous ne voulons pas vous blesser[358] —exclamó.
El desprecio me infundió coraje. Me limité a responder:
—DÃcteme, monsieur.
Rochemorte eligió este tema: la Justicia Humana.
¡La Justicia Humana! ¿Qué podÃa decir sobre ella? Pálida y frÃa abstracción, incapaz de sugerirme una idea inspiradora; y allà estaba monsieur Emanuel, tan triste como Saúl y tan severo como Joab[359], viendo cómo triunfaban sus acusadores.
Miré a estos últimos. Estaba armándome de valor para decir que no pensaba darles la satisfacción de escribir o pronunciar una palabra más, que ni su tema me gustaba ni su presencia me inspiraba, y que, a pesar de eso, cualquiera que arrojara una sombra de duda sobre el honor de monsieur Emanuel ultrajaba esa verdad que ellos aseguraban defender: me disponÃa a afirmar todo eso, como iba diciendo, cuando una luz resplandeció súbitamente en mi memoria.