Villette
Villette Aquellos dos rostros que se asomaban entre una maraña de cabellos largos, mostachos y patillas… aquellos dos semblantes fríos pero insolentes, desconfiados pero presuntuosos, eran los mismos, exactamente los mismos que, a la luz de una farola y saliendo de detrás de unas columnas, me habían dado un susto de muerte la noche de mi llegada a Villette. Aquéllos, tuve la certeza moral, eran los mismos héroes que habían dejado a una extranjera sin amigos aturdida y extenuada, después de perseguirla sin descanso por todo un barrio de la ciudad.
«¡Respetables mentores! —pensé—. ¡Virtuosos guías de la juventud! Si la “Justicia Humana” fuera como debe ser, no creo que ninguno de los dos ocupara su cargo actual, ni disfrutara de la misma reputación».