Villette

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En cuanto se me ocurrió la idea, me puse manos a la obra. La «Justicia Humana» apareció ante mí con un nuevo aspecto: una extraña belle-dame vestida de rojo y con los brazos en jarras. La vi en su casa, una guarida de confusión: los criados le pedían unas órdenes que no daba, o una ayuda que no ofrecía; los mendigos esperaban en su puerta, muriéndose de hambre sin que nadie lo advirtiera; un enjambre de niños alborotadores y enfermos se arrastraban a sus pies y le pedían a voz en grito que se fijase en ellos, y les compadeciera, curara y salvase. A la honrada mujer le daban igual todas esas cosas. Tenía un cómodo asiento junto al fuego, y se consolaba con una pequeña pipa negra y una botella del jarabe balsámico de la señora Sweeny; fumaba, bebía y disfrutaba de su paraíso, y siempre que un lamento de aquellas almas infortunadas traspasaba sus oídos, mi alegre dame cogía el atizador o la escobilla de la chimenea: si el infractor era débil, enfermizo y había sido injustamente tratado, le daba una lección para que escarmentara; si era fuerte, violento y bullicioso, se limitaba a amenazarlo, y luego metía su mano en una bolsa muy profunda y le arrojaba una abundante lluvia de caramelos.





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