Villette
Villette Ésa fue la breve composición sobre la «Justicia Humana» que garabateé apresuradamente en una hoja, y que entregué a messieurs Boissec y Rochemorte. Monsieur Emanuel lo leyó por encima de mi hombro. Sin esperar sus comentarios, hice una reverencia a los tres y salí de la estancia.
Monsieur Paul y yo volvimos a vernos aquel día, después de las clases. Por supuesto, la conversación no fue nada fluida al principio; yo tenía que ajustarle las cuentas: aquel examen obligatorio no podía ser digerido como si tal cosa. Tras un tenso diálogo me llamó «une petite moqueuse et sans coeur[360]», y monsieur se marchó temporalmente.
Yo no deseaba que se fuera, sólo quería que comprendiera que el arrebato al que había cedido aquella tarde no podía quedar impune, así que me alegré de verlo, poco después, trabajando en el jardín junto al berceau. Se acercó a la puerta acristalada; yo seguí su ejemplo. Hablamos de algunas flores que ahí crecían. Monsieur no tardó en dejar su pala; después reanudó la conversación, abordó otros temas, y por fin tocó un punto de interés.
Consciente de que su conducta de aquel día podía tacharse de especialmente extravagante, monsieur Paul me pidió disculpas; pareció lamentar, asimismo, tener siempre un genio tan vivo, aunque me dio a entender que había que ser indulgente con él.