Villette
Villette —Pero no espero que usted lo sea, señorita Lucy —dijo—; no me conoce, ni conoce mi situación ni mi historia.
Su historia. Recogà la palabra en seguida; fui tras la idea.
—No, monsieur —contesté—. Por supuesto, como usted dice, no conozco su historia, ni su situación, ni sus sacrificios, ni ninguna de sus penas, padecimientos, afectos o lealtades. ¡Oh, no! No sé nada de usted; para mà es un completo desconocido.
—¿Cómo? —murmuró, arqueando las cejas con sorpresa.
—Ya sabe, monsieur, que sólo lo veo en clase: severo, dogmático, rápido, autoritario. En la ciudad, lo único que oigo decir de usted es que es un hombre activo y obstinado, creativo, con don de mando, pero difÃcil de persuadir y casi imposible de someter. Un hombre como usted, sin ataduras, no puede tener apego a nadie; sin cargas familiares, está libre de deberes. Todos nosotros, las personas con que usted se relaciona, somos máquinas, que usted empuja de aquà para allá, sin tener en cuenta sus sentimientos. Usted busca divertirse en público, a la luz de una araña nocturna: este internado y aquel instituto son sus talleres, el lugar donde fabrica esa mercancÃa llamada alumnos. No sé siquiera dónde vive; es natural dar por sentado que no tiene hogar, ni lo necesita.