Villette
Villette —Ya he sido juzgado —exclamó—. Su opinión de mà es justo la que creÃa. Para usted, no soy ni un hombre ni un cristiano. Me ve desprovisto de afectos y de religión, sin lazos familiares ni amistosos, sin una fe o unos principios que me guÃen. Muy bien, mademoiselle, ésa es nuestra recompensa en esta vida.
—Es usted un filósofo, monsieur; un filósofo cÃnico (y miré su paletôt, y le vi cepillar una de sus oscuras mangas con la mano), despreciando las flaquezas humanas… por encima de los lujos… alejado de las comodidades.
—Et vous, mademoiselle; vous êtes proprette et douillette, et affreusement insensible, par-dessus le marché[361].
—Pero, en pocas palabras, monsieur, ahora que lo pienso, usted debe de vivir en algún sitio, ¿no es asÃ? DÃgame dónde; y qué criados tiene.
Sacando de un modo horrible el labio inferior, en prueba de su profundo desdén, estalló:
—Je vis dans un trou[362]! Habito en una madriguera, señorita… en una caverna, donde usted no meterÃa sus delicadas narices. En una ocasión, avergonzado de contarle la verdad, le hablé de mi «estudio» en ese edificio: sepa que ese «estudio» es mi hogar; en él están mi salón y mi dormitorio. En cuanto a mis «criados» —exclamó imitando mi voz—, son diez: les voilà !