Villette
Villette —Si lo he soñado, en mi sueño vi seres humanos, además de una casa. Vi a un sacerdote, anciano, canoso y encorvado; y a una criada muy vieja y pintoresca; y a una dama, deslumbrante aunque extraña; su cabeza apenas me llegaba al codo, su magnificencia podrÃa rescatar a un duque. Llevaba un vestido tan brillante como el lapislázuli, y un chal de más de mil francos: lucÃa las joyas más hermosas y resplandecientes que uno pueda imaginar; pero su figura parecÃa haberse roto y estaba tan arqueada que daba la impresión de ser doble; era como si hubiera vivido más años que el resto de la humanidad, y hubiera alcanzado una edad donde todo supusiera dolor y esfuerzo. Se habÃa vuelto huraña, casi malvada; pero alguien, al parecer, cuidaba de ella en su vejez, alguien perdonaba sus ofensas, esperando que de ese modo le fueran perdonadas las suyas. Aquellas tres personas vivÃan juntas: la señora, el capellán, la criada. Los tres eran ancianos, débiles, y se habÃan refugiado juntos bajo un ala generosa.
Monsieur Paul se cubrió la parte superior del rostro con la mano, pero no ocultó su boca, en la que leà una expresión que me gustó.
—Veo que se ha enterado de mis secretos —dijo—, pero ¿cómo ha sido?
Se lo conté todo: el encargo de madame Beck, la tormenta que me habÃa detenido, la brusquedad de la dama, la amabilidad del sacerdote.