Villette
Villette —Y mientras esperaba que dejase de llover, père Silas me entretuvo con una historia —añadí.
—¿Una historia? ¿Qué historia? Père Silas no es un literato.
—Si quiere se la cuento.
—Sí, empiece por el principio. Escuchemos el francés de la señorita Lucy… el mejor o el peor, da lo mismo: escuchemos una buena poignée[364] de barbarismos, y una abundante dosis de acento isleño.
—No espere escuchar un relato demasiado ambicioso, monsieur, ni disfrutar del espectáculo de un narrador atascado en medio de la historia. Pero le diré el título: «El discípulo del sacerdote».
—¡Bah! —exclamó monsieur Paul, mientras el rubor teñía de nuevo sus oscuras mejillas—. El viejo y bondadoso padre no pudo elegir un tema peor: es su punto flaco. Pero ¿qué dijo del «discípulo del sacerdote»?
—¡Oh! Muchas cosas.
—Estaría bien que explicara qué cosas. Pretendo saberlo.
—La juventud del discípulo, su madurez… su avaricia, ingratitud, crueldad, inconstancia. ¡Un alumno tan malo, monsieur! ¡Tan desagradecido, insensible, implacable y falto de caballerosidad!
—Et puis[365]? —inquirió, sacando un cigarro.