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No puedo decir que Paulina, intencionadamente, le empujara a hablar de libros, o se propusiera formalmente en algún momento la tarea de ganarlo para la meditación, o planease el perfeccionamiento de su espíritu, o imaginara que él pudiese mejorar en algún sentido. Lo consideraba perfecto; fue el propio Graham quien, al principio, por mera casualidad, mencionó un libro que había estado leyendo y, como en la respuesta de la joven percibió una gran afinidad en sus gustos, y esto le resultó muy placentero, siguió hablando más y mejor, quizá, de lo que nunca había hablado sobre esos temas. Ella le escuchaba complacida, y le contestaba con animación. En cada nueva respuesta, Graham oía una música más y más melodiosa para sus oídos; y un tono evocador, persuasivo y mágico que abría un tesoro apenas conocido en su interior, y le descubría un poder insospechado en su espíritu y, lo que era aún mejor, una bondad latente en su corazón. Los dos amaban el modo en que el otro se expresaba; la voz, la dicción, la expresión les satisfacían; ambos saboreaban con entusiasmo el ingenio que el otro desplegaba; adivinaban el sentido de sus palabras con extraña rapidez, y sus pensamientos a menudo coincidían como dos perlas cuidadosamente elegidas. Graham rebosaba alegría por naturaleza; Paulina no poseía ese caudal de vitalidad —si nadie la alentaba, tendía a mostrarse seria y pensativa—, pero ahora estaba radiante; en presencia de su afable enamorado, brillaba con una luz suave y risueña. No es fácil describir su hermosura cuando se sentía feliz, pero me maravillaba contemplarla. En cuanto a aquella capa de hielo, aquella reserva que manifestaba, ¿dónde estaba ahora? ¡Ah! Graham no la hubiera soportado mucho tiempo; traía consigo un influjo generoso que no tardaba en deshacer la timidez y las restricciones voluntarias.


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