Villette

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Estaba admirando los preciosos ojos negros del niño cuando entró su madre, la joven señora Leigh. ¡Qué hermosa se había vuelto la muchacha bella y afable, pero de escaso intelecto! ¡Y cuán bondadosa parecía! El matrimonio y la maternidad eran los causantes de aquel cambio, que más tarde he visto en otras mujeres menos prometedoras que ella. A mí parecía haberme olvidado. Yo también había cambiado; aunque no a mejor, me temo. No hice el menor intento por despertar su recuerdo, ¿para qué? Venía a buscar a su hijo para que la acompañara a dar un paseo, y detrás de ella entró una niñera con un bebé. Menciono este incidente sólo porque, al dirigirse a la joven, la señora Leigh habló en francés (un francés horrible, dicho sea de paso, y con un acento incorregible que me recordó nuestros días escolares); descubrí así que la niñera era extranjera. El pequeño también parloteaba francés con soltura. Cuando se hubo marchado el grupo, la señora Barrett comentó que su joven ama había traído a aquella niñera hacía dos años, después de un viaje al Continente; que la trataban casi tan bien como a una institutriz, y que no tenía más obligaciones que pasear con el bebé y hablar francés con el señorito Charles; y «dice que hay muchas inglesas tan bien colocadas como ella en familias extranjeras», concluyó la señora Barret.



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