Villette
Villette Yo me guardé aquella información casual con el mismo cuidado con que las amas de casa atesoran retales inútiles en apariencia, para los que su espíritu previsor adivina un posible uso en el futuro. Antes de despedirme, mi vieja amiga me dio la dirección de una antigua y respetable posada de Londres que, según afirmó, solían frecuentar antaño mis tíos.
Al marcharme a esta ciudad, corría menos riesgos y mostraba menos iniciativa de los que el lector pueda suponer. De hecho, estaba sólo a cincuenta millas de distancia. Tenía dinero suficiente para ir, subsistir unos cuantos días, e incluso regresar si no encontraba nada que me indujera a quedarme. Para mí, eran unas breves vacaciones otorgadas por una vez a mis extenuadas facultades, más que una aventura a vida o muerte. No hay nada como tomarse lo que uno hace con moderación: aporta serenidad a nuestro cuerpo y a nuestro espíritu; mientras que las ideas grandilocuentes tienden a sumir a ambos en un estado febril.
Cincuenta millas suponían en aquella época un día entero de viaje (pues ha pasado mucho tiempo desde entonces: mis cabellos, que resistieron hasta muy tarde la escarcha del tiempo, son ahora blancos bajo mi cofia blanca, como la nieve bajo la nieve[8]). Llegué a Londres hacia las nueve de la noche de un lluvioso día de febrero.