Villette
Villette Sé muy bien que mi lector no me daría las gracias por una descripción poética y detallada de mis primeras impresiones, y tanto mejor así, pues no tuve tiempo ni humor para albergar tales sentimientos; llegué muy tarde, en una noche oscura, fría y lluviosa, a una Babilonia laberíntica, cuya vastedad inexplorada puso a prueba, y en grado sumo, cualquier claridad de pensamiento o entereza que la Naturaleza pudiera haberme concedido, a falta de cualidades más brillantes.
Cuando me apeé de la diligencia, el extraño acento de los cocheros y demás personas que allí esperaban resonó en mis oídos como una lengua extranjera. Jamás había oído el inglés destrozado de aquella manera. Sin embargo, conseguí entenderlos y hacerme entender lo suficiente para que me llevaran, junto con mi baúl, a la antigua posada cuya dirección tenía. ¡Qué difícil, opresiva y desconcertante me pareció entonces mi escapada! Por primera vez en Londres, por primera vez en una posada, agotada tras el viaje, confusa por la oscuridad, paralizada de frío, sin la experiencia ni la ayuda necesarias para saber cómo actuar, y, sin embargo, obligada a hacerlo.