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Dejé el asunto en manos del Sentido Común. Pero éste se hallaba tan aterido y desorientado como mis demás facultades, y sólo espoleado por la inexorable necesidad fue capaz de cumplir irregularmente su cometido. Hostigado por las circunstancias, pagó al mozo: dada la crisis, no le recriminé demasiado que se hubiera dejado engañar de un modo tan descarado. Luego pidió una habitación al camarero; llamó tímidamente a la criada; y, lo que es más, soportó sin dejarse intimidar del todo el comportamiento extremadamente desdeñoso de esa joven dama cuando se dignó aparecer.

Recuerdo que aquella camarera era el típico ejemplo de belleza y refinamiento ciudadanos. Era tan esbelto su talle y tan elegantes su cofia y su vestido que me pregunté cómo los habrían fabricado. Su tono afectado y elocuente parecía darle autoridad para condenar el mío; su cuidado atuendo reflejaba un claro desdén hacia mi sencilla vestimenta provinciana.

«Bueno, no tiene remedio —pensé—, y además, tanto el lugar como las circunstancias son nuevos para mí; ya mejoraré».




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