Villette
Villette —Me sorprende que, siendo tan pequeña, fuera tan atrevida —comentaba Paulina—. Graham me parece hoy algo tan sagrado… Sus rizos son inaccesibles, y, Lucy, me invade una especie de temor cuando observo su barbilla firme y marmórea, y sus perfectas facciones griegas. Califican de bellas a las mujeres, Lucy; él no es una mujer, asà que supongo que no es hermoso, pero entonces ¿qué es? Me gustarÃa saber si los demás lo ven del mismo modo que yo. ¿Le parece apuesto, Lucy?
—Le contaré cuál es mi proceder, Paulina —repuse en una ocasión a sus numerosas preguntas—. Nunca veo a Graham. Le miré dos o tres veces hace aproximadamente un año, antes de que me reconociera, y luego cerré los ojos; y, aunque se cruzara conmigo doce veces al dÃa, de no ser por la memoria, apenas sabrÃa describir su figura.
—¿Qué significan sus palabras, Lucy? —musitó ella.
—Significan que concedo un gran valor a la vista, y me da miedo quedarme ciega.
Era mejor darle una respuesta firme y callar para siempre las tiernas y apasionadas confidencias que brotaban de sus labios, dulces como la miel, y en ocasiones llegaban a mis oÃdos, como plomo fundido. No volvió a comentar conmigo la belleza de su enamorado.