Villette
Villette En más de una ocasión, cuando estábamos a solas, Paulina me contaba lo extraño y maravilloso que era descubrir la riqueza y exactitud de la memoria de Graham en aquel asunto. Y cómo, al contemplar a la joven, los recuerdos se agolpaban en su cerebro. El doctor Bretton se acordaba de una vez en que la niña le habÃa abrazado y, acariciando sus cabellos leoninos, habÃa exclamado: «¡Graham, te quiero mucho!». Le explicaba cómo ella colocaba un escabel a su lado y, con ayuda del muchacho, trepaba hasta sus rodillas. DecÃa que no habÃa olvidado la sensación de sus manitas acariciándole las mejillas o hundiéndose en su espesa melena. Recordaba el tacto de su pequeño dedo Ãndice apoyado, con una mezcla de miedo y de curiosidad, en la hendidura de su barbilla… y el ceceo, el aire con que hablaba de su «lindo hoyuelo», y la forma en que buscaba sus ojos y le preguntaba por qué eran tan penetrantes, al tiempo que decÃa que su rostro era hermoso y extraño; mucho más hermoso, mucho más extraño que el de la señora Bretton o Lucy Snowe.