Villette
Villette No contesté. Graham Bretton habÃa cenado con nosotros ese dÃa; y habÃa brillado tanto por su conversación como por su encanto: no sé qué clase de entusiasmo aumentaba su atractivo y dulcificaba su trato. Bajo el estÃmulo de una ardiente esperanza, habÃa algo en su actitud que llamaba poderosamente la atención. Creo que habÃa planeado comunicar aquella tarde el origen de sus anhelos y el objetivo de sus ambiciones. Monsieur de Bassompierre se habÃa visto obligado, en cierto modo, a percibir la situación y a captar la naturaleza de sus atenciones. Por muy lento que fuera a la hora de observar, sus razonamientos estaban llenos de lógica; y, cuando hubo cogido el hilo, éste le guió a lo largo de un interminable laberinto.
—¿Dónde está Paulina? —quiso saber.
—En el piso de arriba.
—¿Qué hace?
—Está escribiendo.
—¿De veras? Entonces ¿recibe cartas?
—Ninguna que no pueda enseñarme. Y… señor… ella… ellos… llevan mucho tiempo queriendo decÃrselo.
—¡Bah! Ni se acuerdan de mÃ… ¡el anciano padre! Soy un estorbo.