Villette

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—No me ruborizo… nunca me ruborizo —replicó, poniéndose roja como la grana—. Pero creía que estabas en el comedor, y venía en busca de Lucy.

—Supongo que creías que estaba con Graham Bretton, ¿no? Pero le han llamado; no tardará en volver, Polly. Él puede echar tu carta al correo; le ahorrará a Matthieu una course[383], como él dice.

—No envío cartas por correo —respondió la joven, algo enojada.

—Entonces ¿qué haces con ellas? Será mejor que vengas y me lo expliques.

Tanto su pensamiento como sus ademanes parecieron dudar unos instantes, y preguntarse «¿debo ir?», pero Paulina se acercó a su padre.

—¿Cuánto tiempo llevas escribiendo cartas, Polly? Parece que fue ayer cuando hacías tus primeros garabatos sujetando la pluma con las dos manos.

—Papá, no son cartas que envíe por correo; son sólo notas que entrego de vez en cuando personalmente a su destinatario.

—¿A su destinatario? Supongo que te refieres a la señorita Snowe, ¿no?

—No, papá… no es Lucy.

—Entonces ¿quién es? ¿Tal vez la señora Bretton?

—No, papá, no es la señora Bretton.


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