Villette
Villette —¿A quién te refieres, pequeña? Cuéntale la verdad a papá.
—¡Oh, papá! —exclamó con fervor—. Lo haré… te contaré la verdad… toda la verdad. Me alegro de contártela… me alegro mucho, aunque esté temblando.
Y lo cierto es que temblaba: una excitación y un valor crecientes, y unos sentimientos desbordantes sacudÃan todo su ser.
—Detesto ocultarte mis acciones, papá. Te temo y te quiero por encima de todas las cosas, si exceptuamos a Dios. Lee la carta; mira la dirección.
La dejó en sus rodillas. Él la cogió y la leyó, con manos temblorosas y ojos brillantes.
Volvió a doblarla y contempló a su hija con un extraño asombro, lleno de ternura y profundamente triste.
—¿Puede escribir asÃ… la pequeña criatura que tan sólo ayer se sentaba en mis rodillas?
—Papá, ¿está mal? ¿Te entristece?
—No hay nada malo en ella, mi pequeña e inocente Polly; sin embargo, me entristece.
—Pero ¡escucha, papá! No debes entristecerte por mi culpa. Yo lo dejarÃa todo… casi —rectificó—, preferirÃa morir a hacerte desgraciado; ¡serÃa demasiado horrible!
Paulina se estremeció.