Villette
Villette —¿Te desagrada la carta? ¿Quieres que no la entregue? ¿Quieres que la rompa? Lo haré por ti si me lo ordenas.
—No te ordeno nada.
—Pues ordéname algo, papá; expresa tus deseos; pero no hagas daño, no aflijas a Graham. Yo no podrÃa, no podrÃa soportarlo. Te quiero, papá; pero también quiero a Graham, porque… porque… me es imposible evitarlo.
—Ese maravilloso Graham es un granuja, Polly; en estos momentos, ésa es mi opinión de él: te sorprenderá oÃr que, por mi parte, no le aprecio en absoluto. ¡Ah! Hace años vi algo en la mirada de ese muchacho que nunca llegué a comprender, algo que su madre no tenÃa: una profundidad que aconsejaba a los demás no adentrarse demasiado en sus aguas; y ahora, súbitamente, me encuentro sumergido en ellas.
—No, papá… no te arrastra la corriente; estás a salvo en la orilla; puedes hacer lo que desees; tu poder es despótico; si decides ser cruel, puedes encerrarme en un convento y destrozar el corazón de Graham mañana mismo. Ora autócrata, ora zar, ¿serás capaz de hacerlo?
—Que se marche a Siberia, con sus patillas pelirrojas y todo; te digo que no me gusta, Polly, y me sorprende que a ti sÃ.