Villette
Villette —Tiene razón. Hace muchos años que conozco a Louisa Bretton —murmuró—. Ella y yo somos viejos amigos: ¡era una joven tan dulce y encantadora! Habla usted de belleza, señorita Snowe. Ella era realmente hermosa: alta, erguida, radiante; no la niña o el elfo que me parece mi Polly: a los dieciocho años, Louisa tenÃa el porte y la estatura de una princesa. Ahora es una mujer bondadosa y muy agradable. Su hijo se le parece; siempre lo he pensado, y por eso le he tratado con afecto y le he deseado lo mejor. Y ¡él me paga robándome a Paulina! Mi pequeño tesoro adoraba a su padre. Todo ha terminado… no soy más que un estorbo.
Se abrió la puerta… y entró su «pequeño tesoro». Iba vestida, por decirlo de algún modo, con la belleza del atardecer; esa animación que a veces llega con el crepúsculo encendÃa sus mejillas y su mirada; un tinte carmesà iluminaba su tez; los bucles, largos y abundantes, le caÃan en su cuello de lirio; su vestido blanco era el ideal para el calor de junio. Creyéndome sola, llevaba en la mano la carta que acababa de escribir, doblada, pero aún sin sellar. Yo tenÃa que leerla. Cuando vio a su padre, vaciló un poco y se detuvo unos instantes: el color de sus mejillas se extendió por todo su semblante.
—Polly —dijo monsieur de Bassompierre en voz baja, con una grave sonrisa—, ¿te ruborizas al ver a papá? Eso es algo nuevo.