Villette
Villette —Pues bien, Bretton —respondió el señor Home—, ha pagado mi hospitalidad del modo más habitual. Le he recibido en mi casa; usted se ha llevado mi bien más preciado. Siempre me alegraba de verle; usted se alegraba de ver lo único valioso que poseo. Se dirigÃa a mà con cortesÃa; y, entretanto, no diré que me robaba, pero sà que me despojaba, y lo que yo pierdo, al parecer, usted lo gana.
—Señor, no puedo arrepentirme.
—¿Arrepentirse? ¡No, usted no! Usted triunfa, sin duda: John Graham, desciende en parte de un jefe de las Tierras Altas, y la huella de su sangre celta perdura tanto en su fÃsico como en sus pensamientos y en sus palabras. Tiene su astucia y su encanto. El cabello pelirrojo (está bien, Polly, rubio), la lengua engañosa, el cerebro sagaz, son una herencia de sus antepasados.
—Señor, creo que he obrado con honestidad —replicó Graham; y un rubor muy inglés cubrió su rostro y atestiguó fervientemente su sinceridad—. Y, sin embargo —añadió—, no negaré que, en cierto sentido, tiene razón al acusarme. En su presencia, he tenido siempre una idea que no me atrevÃa a comunicarle. Lo cierto es que le consideraba el dueño de la cosa más valiosa que el mundo posee para mÃ. Yo la deseaba; intentaba conseguirla. Ahora se la pido, señor.
—Pide usted mucho, John.