Villette
Villette —¿De veras? ¡Amable profetisa! Con sus palabras de aliento, tendrÃa que ser muy débil para temblar. Creo que todas las mujeres son leales, Lucy. TendrÃa que apreciarlas, y lo hago. Mi madre es buena, es divina; en cuando a su fidelidad, Lucy, sé que es inquebrantable, ¿no es cierto?
—SÃ, Graham.
—Entonces deme su mano, mi pequeña hermana de bautismo; una mano que nunca ha dejado de ser amiga. Ha llegado la hora de la verdad. ¡Que Dios apoye al más justo! ¡Diga «Amén», Lucy!
Se dio la vuelta y esperó a que dijera «¡Amén!», lo que hice para complacerle: al oÃrme, volvió a exhibir todo su viejo encanto. Le deseé éxito, y estaba convencida de que lo tendrÃa. HabÃa nacido para triunfar, de igual modo que otros nacen para ser derrotados.
—¡SÃgame! —exclamó.
Y yo le seguà hasta encontrarnos en presencia de monsieur de Bassompierre.
—Señor —preguntó—, ¿cuál es mi sentencia?
El padre le miró; la hija ocultó su rostro.