Villette
Villette La tarde de siempre, al oír que el reloj daba la hora acostumbrada, recogí libros y papeles, pluma y tinta, y me dirigí al aula de segundo.
No había nadie en la classe, envuelta en una fría y oscura penumbra; pero a través de su puerta, que era doble y estaba abierta, se veía el carré lleno de luz y de alumnas; y el rojo resplandor del crepúsculo iluminaba el vestíbulo y las figuras de las jóvenes. Su fulgor era tan intenso y escarlata que las paredes y los vestidos multicolores parecían fundidos en una misma llamarada. Las muchachas estaban sentadas, trabajando o estudiando; en medio de ellas se encontraba monsieur Emanuel, hablando muy risueño con una profesora. Su oscuro paletôt, su pelo negro, se veían teñidos por los reflejos carmesíes; su rostro español, cuando lo volvió momentáneamente, respondió al beso del sol con una animada sonrisa. Me senté en un pupitre.