Villette
Villette Cuánta razón tuve al preguntarle cuando me ofreció su amistad fraternal: «¿Me atreveré a confiar en usted?». Y cuánta razón tuvo él —sin duda, conociéndose— al eludir cualquier promesa. Es cierto que me pidió que hiciera mis propios experimentos, que le importunara y pusiera a prueba. ¡Vano requerimiento! ¡Privilegio teórico e imposible! Algunas mujeres podrÃan ejercerlo, pero no habÃa nada en mi energÃa o en mis instintos que me situara entre ese valeroso grupo. Si me dejaban sola, era pasiva; si me rechazaban, me retiraba; si me olvidaban… ni mis labios se moverÃan, ni mis ojos expresarÃan nada. Era como si hubiera cometido algún error en mis cálculos, y esperaba a que el tiempo disipara mis dudas.
Pero llegó el dÃa en que, como de costumbre, monsieur Paul tenÃa que darme clase. Una tarde de cada siete, me dedicaba generosamente su tiempo: examinaba los trabajos que habÃa realizado esa semana y me ayudaba a preparar los de la siguiente. En esas ocasiones, mi aula estaba en cualquier parte, allà donde se encontraran alumnas y profesoras, o muy cerca, con frecuencia en la espaciosa clase de segundo, donde era fácil encontrar un rincón tranquilo cuando las numerosas externas se marchaban a sus casas y las pocas internas se apiñaban alrededor del estrado de la surveillante.