Villette
Villette Al día siguiente, monsieur Paul no apareció en la rue Fossette, pues era el día que dedicaba a su instituto. Llegué al final de mis clases; superé las horas intermedias; vi acercarse la tarde, y me preparé para sus tediosas horas. No sabía si era peor quedarme con las demás internas o sentarme a solas; naturalmente, opté por esto último; si existía alguna esperanza de consuelo, no había en todo el internado una cabeza o un corazón que pudiera alentarla; sólo podía anidar en el interior de mi mesa, acurrucada entre las hojas de algún libro, dorando la punta de un lápiz o una pluma, o tiñendo el líquido negro de aquel tintero. Con el corazón afligido, abrí la tapa del pupitre; con mano cansada, rebusqué en su contenido.
Uno a uno, saqué y volví a guardar sin esperanzas los libros conocidos, los volúmenes de tapas familiares; no tenían el menor encanto; no ofrecían consuelo. Pero… aquel folleto lila, ¿era nuevo? No lo había visto antes, y había ordenado mi pupitre aquel mismo día… aquella misma tarde; tenían que haberlo dejado allí hacía menos de una hora, mientras cenábamos.
Lo abrí. ¿Qué era? ¿Qué me enseñaría?
No era un relato ni un poema, tampoco un ensayo ni una obra histórica; no versificaba, no narraba, no debatía. Era una obra de teología; predicaba y convencía.