Villette

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Le presté oídos de buen grado, pues, a pesar de su brevedad, parecía muy interesante, y en seguida captó mi atención. Predicaba el catolicismo; animaba a la conversión. La voz de aquel astuto librito era dulce como la miel; sus palabras, todo bálsamo y unción. En sus páginas no retumbaban los truenos de Roma, ni soplaban las ráfagas de su descontento. El protestante debía hacerse papista, más que por el temor al infierno de los herejes, por el consuelo, la indulgencia y la ternura que la Santa Iglesia ofrecía: nada más lejos de su pensamiento que amenazar o coaccionar; su único deseo era guiar y convencer. ¿Perseguir ella? ¡Oh, no! ¡De ningún modo!

Aquel humilde volumen no se dirigía a los hombres curtidos y mundanos; no era un plato demasiado fuerte para los fuertes: era leche para infantes; el dulce efluvio del amor de una madre por sus hijos más frágiles y pequeños; destinado únicamente a aquellos cuya cabeza se alcanza a través del corazón. No apelaba al intelecto; buscaba convencer a los afectuosos con su afecto, a los compasivos con su compasión: St Vincent de Paul[371], rodeado de sus huérfanos, jamás había hablado con más dulzura.




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