Villette
Villette Recuerdo que uno de los principales argumentos para la apostasÃa era que un católico que habÃa perdido a sus amigos más queridos tenÃa el consuelo indescriptible de poder sacarlos del purgatorio con sus oraciones. El escritor no mencionaba la mayor serenidad de aquellos cuyas creencias prescinden de ese lugar de tormento; pero medité sobre el asunto y, en conjunto, me pareció mucho más reconfortante esta segunda doctrina.
El librito me entretuvo, y no me desagradó plenamente. Era una obra sentimental, poco profunda, llena de alusiones, y, sin embargo, tenÃa algo que me animó y me hizo sonreÃr; me divirtió ver las cabriolas de aquel burdo lobato disfrazado de cordero, mientras imitaba su inocente balido. Algunos de sus fragmentos me recordaron a ciertos textos del metodismo wesleyano[372] que habÃa leÃdo cuando era niña; ambos estaban aderezados con unos condimentos que despertaban el fanatismo. El hombre que lo habÃa escrito no era malo y, aunque traicionaba invariablemente la hipocresÃa aprendida —las pezuñas hendidas de su sistema—, lo cierto es que yo lo pensarÃa bien antes de acusarle de falta de sinceridad. Su juicio, sin embargo, necesitaba de un buen pilar donde apoyarse; estaba desmoronándose.