Villette

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A través de la puerta acristalada y del berceau, yo vislumbraba el fondo de l’allée défendue: Sylvie corrió hacia allí, brillando en la oscuridad como un arándano florido. Fue de un lado a otro, gruñendo, saltando, molestando a los pequeños pájaros entre los arbustos. Estuve esperando cinco minutos; el presagio no se cumplió. Volví a mis libros: el ladrido agudo de Sylvie cesó de repente. Levanté la vista de nuevo. La pequeña spaniel se hallaba a escasas yardas de mí, moviendo el rabo blanco y ligero tan deprisa como podían sus músculos, y observando atentamente los movimientos de una pala, manejada con destreza por una mano incansable. Allí estaba monsieur Emanuel, inclinado sobre la tierra, cavando en el húmedo mantillo entre la lluvia y los arbustos empapados, y trabajando como si tuviera que ganar su mísero jornal con el sudor de su frente.

Adiviné en él un humor irritable. Cavaría así en medio de la gélida nieve, en el día más frío del invierno, si le empujara a ello un sentimiento de dolor, debido a la excitación nerviosa, a unos pensamientos tristes o al remordimiento. Cavaría horas y horas con el ceño fruncido y los dientes apretados, sin levantar una sola vez la cabeza, ni despegar los labios.



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