Villette
Villette Sylvie le miró hasta cansarse. Y empezó a retozar de aquí para allá, saltando, corriendo, olfateando todos los rincones; finalmente, me descubrió en la clase. Al instante, se lanzó ladrando contra los cristales, como si quisiera animarme a compartir su alegría o el trabajo de su amo; me había visto en más de una ocasión pasear por ese camino con monsieur Paul; sin duda consideró que debía ir con él, aunque todo estuviera mojado.
Armó tanto bullicio que monsieur Paul terminó alzando la vista y, como es natural, comprendió por qué y a quién ladraba. Silbó para que la pequeña spaniel volviera a su lado, pero ésta se limitó a ladrar más fuerte. Parecía empeñada en que abriera la puerta acristalada. Supongo que, cansado de su insistencia, monsieur Paul tiró la pala, se acercó y dejó la puerta entreabierta. Sylvie irrumpió en la clase, impetuosa, saltó a mi regazo y, con las patas en mi cuello, y su pequeño hocico y su lengua de lo más atareados con mi cara, ojos y boca, agitó su rabo peludo sobre la mesa y esparció libros y papeles por todas partes.