Villette
Villette Monsieur Paul se aproximó para acallar el clamor y enmendar el desastre. Después de recoger los libros, atrapó a Sylvie y la colocó bajo su paletôt, donde ella se quedó quieta como un ratón, asomando un poco la cabeza. Era diminuta y tenÃa la carita más linda e inocente, las orejas más largas y sedosas, los ojos negros más bonitos del mundo. Nunca la veÃa, pero me acordé de Paulina de Bassompierre: perdona la asociación, lector, pero estas cosas pasan.
Monsieur Paul la acarició y le dio palmadas; no era extraño que Sylvie recibiera tantas muestras de cariño: su belleza y su vivacidad despertaban el afecto.
Mientras acariciaba a la perrita, monsieur Paul recorrió con la mirada los libros y papeles que acaba de colocar sobre la mesa; sus ojos se posaron en el pequeño tratado religioso. Movió los labios; pareció contener el impulso de hablar. ¿Cómo? ¿Acaso habÃa prometido no volver a dirigirme la palabra? De ser asÃ, lo mejor de su naturaleza juzgó «que serÃa más decoroso quebrantar esa promesa que obedecerla[374]», pues haciendo un segundo esfuerzo, dijo:
—Imagino que no ha leÃdo todavÃa ese librito, ¿verdad? ¿No le parece lo bastante sugerente?
Le contesté que lo habÃa leÃdo.