Villette

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—Hace bien en escuchar a sus amigos. Por favor, no baje la guardia.

—Se trata de su religión: su credo extraño, independiente e invulnerable, cuya influencia parece cubrirla con no sé qué coraza impía. Es usted buena: père Silas lo reconoce, y la quiere; pero su terrible, orgulloso, ferviente protestantismo… ahí está el peligro. A veces se refleja en su mirada; y hace aparecer en usted cierto tono de voz y ciertos gestos que me aterrorizan. No es usted comunicativa, y, sin embargo, hace un momento, cuando tenía el pequeño tratado en la mano… ¡Dios mío! Pensé que Lucifer sonreía.

—Es cierto que no respeto ese escrito, ¿y qué?

—¿Que no lo respeta? ¡Pero si es la esencia más pura de la fe, del amor, de la caridad! Creí que le conmovería: pensé que su dulzura no la dejaría indiferente. Lo dejé en su mesa con una plegaria. Debo de ser un gran pecador: el Cielo no escucha las súplicas más ardientes de mi corazón. Usted desprecia mi pequeño regalo. Oh, cela me fait mal[378]!

—Monsieur, no lo desprecio… al menos, no como regalo suyo. Monsieur, siéntese; escúcheme. No soy una pagana, no soy una mujer despiadada… también soy cristiana; no soy peligrosa como le dicen sus amigos; no perturbaré su fe; usted cree en Dios, en Cristo y en la Biblia, y yo también.


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